jueves, 30 de agosto de 2012

Oh la la, París!


Oh la la, París!

Oh la la, c'est l'amour!

 

En un rincón del alma, allí donde nadie entra, porque no puede, porque es demasiado íntimo y es nuestro escondite, allí donde nos acurrucamos en algunas ocasiones, cuando son las propicias para hacerlo, vive el más puro y bello de nuestros sentimientos, el único capaz de mover el mundo a su antojo. Aquel que nos dibuja en la cara la sonrisa y la arranca cuando quiere, el que domina nuestros pasos al andar y el que hace y deshace las maletas cada vez que lo cree conveniente, siempre guiado por el sentir de los latidos de quien fue poseído por la osadía de su existir.


En las grandes ciudades llenas de interminables avenidas y luces, en los rincones escondidos de pueblos perdidos entre montañas, en las casas de los pueblecitos de pescadores y marineros con sus tejados azules y sus paredes de cal blanca, en las islas con callecitas estrechas y suelos de piedra rodeadas de aguas mediterráneas o de inmensos océanos, en el aire, en la tierra, frente al fuego, en los elementos y en las circunstancias siempre está.

 

Acechando a cada segundo su presencia, como si de un duende se tratara, nos vela por la noche y se cuela en nuestros sueños, nos acelera el corazón cuando soñamos los ojos, solamente esos ojos. Nos anula la voz cuando creemos oír la suya, nos transforma la piel y el pensamiento, nos volvemos más sensibles, nos emborrachamos de una emoción que ha embriagado el aire cuando despertamos. Es un hechicero que embruja y domina, ordena y desordena como si el mismo Dios fuera, mezcla de misticismo y deseo que arde en las llamas más profundas de nuestras almas.

 

Y nos rendimos, gana todas las batallas, las buenas y las malas, las fáciles y las difíciles, no sabemos plantarle cara y quien lo intenta sale mal parado porque su sabiduría y su fuerza es ancestral, habita en la existencia mucho antes de que fuéramos engendrados y es que estamos hechos de él y nacemos y morimos buscándolo. Nos alimenta la vida, nos enciende el fuego igual que puede apagar nuestras ilusiones, es bueno y malvado, amigo y enemigo, pero siempre un gran soldado, guerrero por excelencia a quien rendimos homenaje cada vez que entremezclamos labios, piel y emociones, el más hábil de los hábiles que nunca se rinde y tiene, antes de empezar, todos los triunfos y todas las victorias, una colección de medallas colgadas en su muro, aquel que nadie puede trepar para vencerlo por mucho que algunos atrevidos lo hayan intentado.

 

Su fuerza es de un huracán y su centro siempre inquebrantable, que con su destello arrastra a su paso a quien se acerca y nada puedes hacer para desenmarañarte de sus redes, te hipnotiza y te convierte, porque es el único que mueve tu fe, las montañas, los mares y hasta cambia las estrellas de sitio, porque mueve el mundo y mueve al hombre cuando los duendes gritan al oído: Oh la la, c’est l’amour!